Mesías
A cada golpe de ola que llegaban al masiso artificial de fierro y cemento del muelle, el pequeño bote amarrado a la pieza de metal oxidado lo advertía levantándose rápidamente en un vaivén constante. Las gaviotas, como siempre, sentadas en su clo clo constante, conversando acerca de grandes cardúmenes más allá de la isla de los conejos. La mañana acababa de llegar presentando los primeros rayos de sol tras la cordillera...
El viento helado corría, pero no fue obstáculo para que Jacinto, el pelicano mas viejo del muelle, llegara con su bolsa llena de alimento; lo vomito sobre el cemento y empezó a comerlo mientras las golondrinas paradas en el alambre que llevab a las bodegas energía le miraban demasiado curiosas y hambrientas; algo flojas para ser unas aves jóvenes y tan llenas de vida.
Todas ahí juntas como una gran metrópolis a la orilla del mar, la gran Babel de los océanos. Todas en el mismo lugar.
A la llegada de Petronila, la gaviota, todas las aves atendieron y empezaron a buscar en el horizonte algo que ningún humano lograba entender. Finalmente dio una señal apuntando con su ala hacia el norte del muelle. Sin mayor coordinación todas las aves levantaron vuelo; Jacinto, las gaviotas, ni siquiera las golondrinas aprovecharon de saquear algún plato abandonado.
Cuando llegaron, en un vuelo de tres minutos, descendieron a la playa. Las gaviotas con su constante clo clo compartiendo información acerca de lo acontecido. Jacinto se acerco al cuerpo de Agapito que estaba casi sin fuerza, solo movía sus pulmones para tomar a duras penas algo de aire. El magnifico lobo marino con un azabache intenso en su pelaje, recorrió los siete mares para llegar hasta acá, para morir donde nació, para dormir eternamente en el único lugar que podía llamar su hogar...
Jacinto presento sus respetos “…haz vivido plenamente Agapito, es hora que tu vida de mas vida”. El pobre lobo le miro con cara triste y solo asintió con la cabeza. Las golondrinas empezaron a acercarse al cuerpo de manera ansiosa, banda de arpías con alas, no entendían el ritual respetuoso y calmo que se estaba llevando a cabo. Las gaviotas se acercaron para sacarlas de las cercanías del desahuciado.
“Aquí nací hace mil años” dijo Agapito “¿no pueden darme unos segundos para morir tranquilo y sin dolor?”. Ante la petición las golondrinas solo debieron alejarse.
Un par de Patos Yecos pasaban por el lugar gritándose el uno al otro, porque alguno de los dos había perdido la ruta de vuelta a casa teniendo que vagar toda la noche buscando donde estaba la familia. Al ver a las gaviotas decidieron echar un vistazo, bajaron sutilmente. Le preguntaron a Petronila sobre el enfermo y que estaba pasando, si podían ayudar de alguna manera. Petronila les hablo en voz baja “es Agapito, el lobo marino” los patos se miraron el uno al otro sorprendidos ante el dato. “¿él que viajo por los siete mares?” pregunto uno, Petronila afirmo con la cabeza. Se acercaron para saludar a Agapito muy respetuosamente y tal como aparecieron, se retiraron.
Agapito empezó a no sentir su cuerpo, ya nada le pesaba, ni sus aletas, ni su gran cabeza, ni siquiera la casi tonelada de grasa que acumulo en una vida larga y plena, llena de parejas e hijos, masacres en el océano Indico, hambruna cerca del golfo de México, heridas en el mar de Japón y los hombres, esos que llenaron de botes sus dominios, esos que tomaron su comida, robándosela de la boca.
Empezó a soñar y otra vez estaba en el mar, otra vez en el océano grande e inmenso, las loberas hermosas y habitadas cerca de Perú no eran nada comparadas con estas, lo mejor es que no sentía cansancio en sus aletas. Saltaba alto sobre el mar, ni los delfines lo hacían mejor, y se fue, se fue lejos de todo se fue para no volver.
La playa estaba silenciosa, las aves le miraron con calma. Y se acercaron comieron de su carne como el cristiano del cuerpo del Mesías, los cangrejos también se acercaron. Jacinto advirtió firme y seguro, “no toquen sus ojos”. Una vida de más mil años alimentando a unos pocos, la experiencia quedó en su memoria… a Jacinto solo le quedo preguntarse “…seré yo el siguiente”.
El viento helado corría, pero no fue obstáculo para que Jacinto, el pelicano mas viejo del muelle, llegara con su bolsa llena de alimento; lo vomito sobre el cemento y empezó a comerlo mientras las golondrinas paradas en el alambre que llevab a las bodegas energía le miraban demasiado curiosas y hambrientas; algo flojas para ser unas aves jóvenes y tan llenas de vida.
Todas ahí juntas como una gran metrópolis a la orilla del mar, la gran Babel de los océanos. Todas en el mismo lugar.
A la llegada de Petronila, la gaviota, todas las aves atendieron y empezaron a buscar en el horizonte algo que ningún humano lograba entender. Finalmente dio una señal apuntando con su ala hacia el norte del muelle. Sin mayor coordinación todas las aves levantaron vuelo; Jacinto, las gaviotas, ni siquiera las golondrinas aprovecharon de saquear algún plato abandonado.
Cuando llegaron, en un vuelo de tres minutos, descendieron a la playa. Las gaviotas con su constante clo clo compartiendo información acerca de lo acontecido. Jacinto se acerco al cuerpo de Agapito que estaba casi sin fuerza, solo movía sus pulmones para tomar a duras penas algo de aire. El magnifico lobo marino con un azabache intenso en su pelaje, recorrió los siete mares para llegar hasta acá, para morir donde nació, para dormir eternamente en el único lugar que podía llamar su hogar...
Jacinto presento sus respetos “…haz vivido plenamente Agapito, es hora que tu vida de mas vida”. El pobre lobo le miro con cara triste y solo asintió con la cabeza. Las golondrinas empezaron a acercarse al cuerpo de manera ansiosa, banda de arpías con alas, no entendían el ritual respetuoso y calmo que se estaba llevando a cabo. Las gaviotas se acercaron para sacarlas de las cercanías del desahuciado.
“Aquí nací hace mil años” dijo Agapito “¿no pueden darme unos segundos para morir tranquilo y sin dolor?”. Ante la petición las golondrinas solo debieron alejarse.
Un par de Patos Yecos pasaban por el lugar gritándose el uno al otro, porque alguno de los dos había perdido la ruta de vuelta a casa teniendo que vagar toda la noche buscando donde estaba la familia. Al ver a las gaviotas decidieron echar un vistazo, bajaron sutilmente. Le preguntaron a Petronila sobre el enfermo y que estaba pasando, si podían ayudar de alguna manera. Petronila les hablo en voz baja “es Agapito, el lobo marino” los patos se miraron el uno al otro sorprendidos ante el dato. “¿él que viajo por los siete mares?” pregunto uno, Petronila afirmo con la cabeza. Se acercaron para saludar a Agapito muy respetuosamente y tal como aparecieron, se retiraron.
Agapito empezó a no sentir su cuerpo, ya nada le pesaba, ni sus aletas, ni su gran cabeza, ni siquiera la casi tonelada de grasa que acumulo en una vida larga y plena, llena de parejas e hijos, masacres en el océano Indico, hambruna cerca del golfo de México, heridas en el mar de Japón y los hombres, esos que llenaron de botes sus dominios, esos que tomaron su comida, robándosela de la boca.
Empezó a soñar y otra vez estaba en el mar, otra vez en el océano grande e inmenso, las loberas hermosas y habitadas cerca de Perú no eran nada comparadas con estas, lo mejor es que no sentía cansancio en sus aletas. Saltaba alto sobre el mar, ni los delfines lo hacían mejor, y se fue, se fue lejos de todo se fue para no volver.
La playa estaba silenciosa, las aves le miraron con calma. Y se acercaron comieron de su carne como el cristiano del cuerpo del Mesías, los cangrejos también se acercaron. Jacinto advirtió firme y seguro, “no toquen sus ojos”. Una vida de más mil años alimentando a unos pocos, la experiencia quedó en su memoria… a Jacinto solo le quedo preguntarse “…seré yo el siguiente”.
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