Bajo la mecedora ( la memoria de la loca de la familia)

Según lo que contaban los vecinos era una persona callada. No hablaba con nadie más allá de un hola o chao. La señora Rosa, la cual sabia todo de la población, no por los años viviendo en ella, sino por su incontenible deseo de inmiscuirse en la vida ajena, decía que estaba en la misma casa desde antes que llegara ella con su marido e hijo... le intimidaba como miraba contaba, pero no lo demostró nunca o tal vez era solo una manera de tener un papel en una obra que nunca la considero como protagonista.
Un tiempo vivió con su mujer, la cual un día simplemente se fue. Las viejas sapas del barrio decían que fue porque encontró otro hombre en el sur, mientras él no estaba tomo sus maletas y se dirigió en pos de su amado; otros decían que el pertenecía a una secta caníbal de centro América y que un día en un ataque de hambre, y ordenado por su líder por haber dejado el culto, le obligo de manera telepática devorarla y enterrar sus huesos en el patio condenándole a vivir hasta el fin de sus días con el peso en la conciencia de haber engullido a su mujer.
Los vecinos lo veían a través de de las tapias aledañas mientras caminaba y alimentaba a un puñado de gallos y gallinas que tenia, regar un par de plantas o simplemente sentarse a leer y dormir en una vieja silla mecedora. Su vida intima le pertenecía de manera superficial e inconclusa a sus vecinos y especuladores de cuentos.
Las cosas estaban raras en el barrio la hija de Don Pancho tenía apenas 17 años y quedo embarazada de Juan Pablo, el hijo intachable ,según ella, de la señora Rosa, el cual obviamente como buena persona "intachable" se fue de casa para dejar a la pobre damisela sin príncipe azul y una cría a la espalda. Por otra parte Don Jaime el zapatero de la calle de atrás mato al Pepe, conocido drogadicto de la población, el cual entro a robar a su taller una noche, con la mala suerte que Jaime guardaba una pistola que lo protegía de todo mal. Mientras estaba con la prostituta de turno sintió ruidos, al llegar al lugar solo vio una silueta y disparo con las consecuencias que ya todos conocemos.
En la casa de Felipe, como siempre, las cosas estaban como estancadas, como si el tiempo estuviera detenido. Nada quebraba el inexorable paso del tiempo, nada excepto la carta que llego esa mañana desde el norte, el cartero apareció como despistado y le cobro dos monedas por el transporte de la misiva.
La leyó atento, algo de emoción se notaba en sus ojos. Se levanto raudamente y miro hacia el jardín, miro a sus preciadas aves, entonces tomo una a una y les quebró el cuello rápida y efectivamente para evitarles cualquier sufrimiento, las enterró en una fosa en la parte de atrás del patio bajo la mecedora. Tomo un par de maletas metió toda su ropa, cruzo la calle maletas en mano, fue directo a la casa de don Pancho. Hablo un par de minutos con él, lo cual era tan raro como la inteligencia en el gobierno. Al tiempo cuando las mujeres del barrio empezaron a hacer preguntas se enteraron que aquel día Felipe le había regalado su casa a Velería, su hija y madre soltera.
Sin apego alguno abandono lo que le amarraba a la barriada, dejo todo sin pena ni gloria, sin un atisbo de tristeza, sin un sentimiento de culpa y entendió que en el viaje solo extrañaría el alimentar a sus gallinas y sentarse a leer por horas esos libros que hablaban de artículos alrededor del mundo, de las citas citables, de los dibujos con chistes, de la publicidad que le invitaba a viajar por mares cálidos en Aruba o Hawaii. Pero al final su norte era el norte, el desierto lo llamaba y el obedecía como alumno a su maestro...el sol quemaría sus ojos como debió haber sido, desde el principio.
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