A cada golpe de ola que llegaban al masiso artificial de fierro y cemento del muelle, el pequeño bote amarrado a la pieza de metal oxidado lo advertía levantándose rápidamente en un vaivén constante. Las gaviotas, como siempre, sentadas en su clo clo constante, conversando acerca de grandes cardúmenes más allá de la isla de los conejos. La mañana acababa de llegar presentando los primeros rayos de sol tras la cordillera... El viento helado corría, pero no fue obstáculo para que Jacinto, el pelicano mas viejo del muelle, llegara con su bolsa llena de alimento; lo vomito sobre el cemento y empezó a comerlo mientras las golondrinas paradas en el alambre que llevab a las bodegas energía le miraban demasiado curiosas y hambrientas; algo flojas para ser unas aves jóvenes y tan llenas de vida. Todas ahí juntas como una gran metrópolis a la orilla del mar, la gran Babel de los océanos. Todas en el mismo lugar. A la llegada de Petronila, la gaviota, todas las aves atendieron y empezaron a busc...