Carmesí

El cuchillo era enorme, su cacha amarilla era la tradicional, el ambiente plagado del olor exquisitamente inquietante de la carnicería; sangre y sudor, unas pocas moscas para matizar la escena. Rubén cortaba los trozos previamente seccionados en la sierra, el animal se notaba que fue grande en su vida, comió mucho pasto fresco en algún campo del sur, ya que los cortes de las piernas traían muy poca fibra y mucha carne.
Su mente divagaba en el aire mientras paso a paso sacaba el filete, el lomo vetado, lomo liso; pensó en Fresia, su mujer. La conoció cuando era joven hace no muchos años atrás la recordaba con su pelo negro desordenado, no porque quisiera, mas bien por el descuido de la pobreza pero pulcramente limpio. La cantina estaba llena esa noche pero ella le miro, podría haberse fijado en cualquiera, pero se fijo en el, cuando sintió sus penetrantes ojos negros, algo se atraganto en su alma algo le apretó el pecho. Ella se le acerco consiguiendo fuego para un cigarrillo algo doblado, el solo metió su mano al bolsillo y extrajo el utensilio.
“Falta mucho por faenar este animal” pensó. Saco pacientemente las viseras y las puso al lado, recordó el pate de hígado que hacían en la casa de sus tíos, todos carniceros de tradición y familia, una estampa que llevaba en su haber centenares de cortes hechos. Pero volvió a la cantina. Fresia… pequeño gato suelto entre los techos del arrabal, su pequeño objeto de adoración, aun recordaba su pasión desenfrenada cuando estuvieron por primera vez juntos, no era una virgen novata en las artes de amar, mas bien era una sádica e incontrolable bestia sedienta de carne y placer, lo llevo al punto de enloquecer, sus nalgas duras y mal esculpidas sus pechos enormes atiborrados de venas, se levantaba sobre el como grandes nubes envueltas en transpiración.
Camino hacia la cierra de cinta con las dos patas traseras y las dejo en la bandeja, volvió a la pieza donde estaba y tomo las dos patas restantes. Encendió la cierra, ruidosa y comenzó a seccionar para cazuela, osobuco. Los trozos de medula saltaban a su cara, estaban helados y los agradecía como la planta al agua, pero el olor a quemado del roce entre el hueso y la hoja lo mareaba.
“Fresia, maldito el día en que pensé que eras mía, maldito el día en que cerré mis ojos y pusiste tu pared de confianza por delante de mi ojo vigía”. La sobrecostilla rebosaba de sangre y vitalidad, pensó en ella por ultima vez y ensarto su herramienta, la sangre brotaba como el jugo de una naranja jugosa, apretaba con su mano grande y suavizada por los jugos internos de tantos animales, sus ojos se cerraron para vomitar una lagrima solitaria, la cual seco de manera automática. “¡puta perra del demonio!” grito claramente y pausado en la solitaria sala, mientra el cuchillo abría como el mejor corte su palma de lado a lado, que color mas hermoso, carmesí profundo, carmesí brillante... carmesí.

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