estudio

La miro desde la barra, estaba lo suficientemente cerca como para poder oír su voz, ronca y dulce. Quiso acercarse pero esa no es su personalidad, ni siquiera es atractivo como para tener algún punto a favor en esto.

Tomo el vaso de whisky, algo cursi comparado con la cajetilla de cigarrillos barata que ocultaba en el bolsillo en su chaqueta, cerró los ojos por un instante y al volver a abrirlos clavo su mirada nuevamente en ella. A pesar de que su cabello era liso y tapaba su rostro, pero su voz era clara y profunda.

Estaba ajena al estudio delicado del que era objeto, su cigarrillo entraba una y otra vez en su boca, el veneno dulce gaseoso salía constantemente. Volvió por un instante a su vaso y la imaginó en una habitación sin dirección, ni ciudad; imagino el olor de su cabello mezclado con el shampoo y el cigarro, la imagino jadeando bajo él y tomada de su cuello, un acto repetido y sin coordinación, pero de un sincronismo irresistible. Besos, besos dulces y extendidos, labios que no se podían detener a alimentarse del flujo transparente que emanaban de su boca y que solo se detenían para continuar el baile sudoroso y frenetico.

Volvió en si, decidió fumar. Se metió la mano en el bolsillo equivocado, pero no fue tanto el error ya que encontró el encendedor rojo que compro. Metió su mano al siguiente, ahí estaba la escuálida cajetilla. "....estoy fumando demasiado", lo pensó, pero esto le impidió prenderlo. Dos piteadas cortas y el vaso casi vacío vuelve a su boca. Un descanso reparador para continuar su análisis.

Ella esta demasiado interesada en el afortunado acompañante de su mesa, actúa con confianza y despreocupación. Maldijo que fuera él quien goce de sus placeres esa noche, maldijo su mala suerte con tanta fuerza que no se dio cuenta que lo dijo al aire. Aunque nadie se dio cuenta se sintió avergonzado.

Volvió a la habitación y la veía claramente desnudándose para él, no había remordimiento, no había culpa, la suerte estaba por primera vez de su lado. Por primera vez su voz diría atrocidades solo para él, una sirena particular orientándolo a lo más profundo de los arrecifes para sucumbir, caer en la desesperanza, en la total perdida de la fe, y encontrarla a ella al final del túnel oscuro para alimentarla y darle satisfacción a cuanto anhelo desquiciado podría llegar a sentir o pensar, ser el titiritero de su cuerpo pálido e imperfecto, para morir deshidratado con sus placeres.

Cerró los ojos por última vez, estaba demasiado ebrio y lo sabia debía arrancar de una u otra manera, quería escuchar su voz pero no la lograba encontrar. Mierda se va, se va con él. “… hijo de puta”, lo pensó y repitió varias veces. Se metió la mano al pantalón, saco un billete y le pago al cantinero el cual ni siquiera lo miro.

Analizo la mesa de ella como quien mira una fotografía de antaño. Sus ojos se humedecieron, pero no supo ¿por qué?

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