La loca de la familia

La miro en la fotografía, coloreada a duras penas a pesar de los años; la había conservado a pesar del tiempo y la soledad en ese cuarto viejo de la calle Los Papelitos 3425.
Arrendaba el cuartucho de toda la vida, nunca tuvo mucho, si decir mucho era un televisor, una muda para el trabajo, otra para el paseo dominical y o la visita a las putas de los sábados en la noche.
Su nombre era Felipe, un nombre moderno para un hombre de 57 años, tés morena y un peinado estático de gomina al cien por ciento a pesar de las prominentes entradas.
Decían que venía de una ciudad del sur, algún lugar perdido antes de llegar a Santiago, a quien le importaba en realidad; nadie se entero realmente de quien era, no es que fuera un gran personaje, pero a nadie le interesaba realmente quien fue en su vida pasada, creencias, amigos, preguntas de cortesía, ni le preguntaban acerca de su salud o la de sus hijos, solo era una sombra que decía "buenas noche”, “buenas tardes" o "buenos días" según correspondiese.
En la fotografía, ella no era hermosa tampoco fea, más bien era de rasgos lindos, tenia lindos ojos, lindo color de piel, un cuello hermoso. En la fotografía parecía mirarle solo a él, feliz y alegre, ni siquiera le importaba que el viento le estaba desarmando su peinado.
La desazón se dibujaba con el lápiz de la melancolía en el rostro ajado por los años que pasaron sobre él, las vidas que pudo haber tenido, lo que nunca más volvería a ser se reflejaban tan claros como la intención en el rostro del asesino cobarde e impune tras el cuchillo. La extrañaba tanto, sus brazos, sus besos... sabía que tenía que verla el próximo domingo, pero le deprimía mirar los pasillos de ese hospital, mirar los rostros de los doctores y enfermeras, mientras ella gritaba como simio en el medio del patio entre orates y psicóticos, esquizoides y nihilistas sacados de los cuentos. Pero le era fiel y sumiso cuando ella reconocía en parte lo que su rostro decía, la única que le reconocía en una ciudad que se ahogaba entre el fuego del desierto y la humedad de la playa, le miraba y eso bastaba para sobrevivir otra semana.
que hermoso fragmentos. te deja sin aliento
ResponderEliminarSobrecogedor!
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